Antes pensaba que ser rica sería un sueño hecho realidad. Lo que yo valoraba, ahora ya no le doy importancia. Siempre tengo lo que quiero. Me lo puedo permitir todo, gracias a la riqueza de mi marido.
Mi vida era muy distinta:
A los tres años, mi familia se mudó a los barrios pobres de París; nos habían desahuciado. En aquel entonces, yo era una niña feliz, no era consciente de lo que estaba sucediendo. Pero a medida que iba pasando el tiempo me daba cuenta de que nuestra situación económica y social era cada vez peor. Mi padre llegaba cada noche borracho ya que no tenía trabajo y se pasaba todo el día en el bar. Mi madre lloraba y lloraba, el pilar de la familia se iba desmoronando, ya no podía más. Yo, a la fuerza, tuve que madurar muy rápidamente, a los dieciséis años decidí trabajar para intentar remontar a la familia, pero mis intentos fueron frustrados. Todas las mañanas, de camino al trabajo, pasaba por los barrios lujosos de París, ver tanta riqueza me provocaba una sensación indescriptible, yo quería aspirar a ser como ellos, un sueño que pensé que nunca se iba a convertir en realidad.
Ahora, casada con un millonario, madre de tres hijos y con una gran estabilidad, tanto económica como social, veo las cosas de distinta forma. "Cuando lo extraordinario se convierte en habitual, deja de ser extraordinario".
